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lunes, 25 de mayo de 2015

LEYENDA DE LA FUENTE DEL MORO

En la segunda mitad del siglo XI, Alfonso VI hacía varios meses que tenía sitiada la ciudad de Toledo, habitada por aquel entonces por musulmanes.
Había tomado ya el castillo de San Servando y se disponía a asestar el ataque final, mientras que, al otro lado de la muralla el hambre hacia mella en sus habitantes.
El Rey Sarraceno, junto a su invitado el príncipe Abul-Walid, evaluaba la situación y decidieron que no tenían más remedio que burlar el asedio y partir en busca de ayuda. Al-Qasim, emisario del príncipe, partió hacia Granada para solicitar al rey Abd Allah una pequeña avanzadilla, mientras Abul-Walid se dirigía al norte de África para reunir sus tropas.
Aprovechando la caída de la noche, salieron de la ciudad por el puente de Alcántara, pero los centinelas del castillo les descubrieron y con una de sus flechas alcanzaron al emisario que continuó cabalgando, gravemente herido hasta que las fuerzas le fallaron, más allá de los cerros donde hoy se sitúa la Academia de Infantería, y cayó al suelo agonizando.
Elvira, hija del capitán cristiano al mando del castillo, que cada mañana al despuntar el alba paseaba a lomos de su caballo por esos parajes, descubrió el cuerpo malherido de Al-Qasim y, rápidamente, rasgándose sus vestiduras, improvisó un vendaje con el que cubrió su herida. Tras esconderlo al amparo de unos matorrales, cabalgó hasta el castillo para regresar de nuevo con agua y una hogaza de pan.
Durante varios días curó y alimentó al joven hasta que se recuperó y pudo continuar su camino, no sin antes prometer a Elvira, de quien se había enamorado, que volvería para no abandonarla jamás. Ni un solo día dejó Elvira de acercarse a aquel lugar esperando el regreso de su amado.
Mientras tanto, la ciudad había sido tomada por Alfonso VI y los moros, que ahora ocupaban las colinas, planeaban su reconquista.
Elvira, aun sabiendo que corría grave peligro, burlando la guardia seguía acudiendo fiel a su cita. Pero un día fue sorprendida por una patrulla mora, que buscando venganza, la asesinó. Uno de los agresores recogió del suelo un pañuelo de seda que llevaba el nombre de su amado bordado en oro.
Un mes más tarde, cuando Al-Qasim regresó a Toledo con el ejército de Granada, el oficial sarraceno al mando, entregándole el pañuelo con su nombre, le explicó lo ocurrido y arrepentido por la acción de sus soldados, a los que ya había castigado, quiso compensarle ofreciéndole encabezar, junto a él, la reconquista de la ciudad.
El emisario rechazó la oferta y se dirigió afligido al lugar donde había conocido a su dama. Allí paso tres días y tres noches llorando su pena de amor, hasta que decidió quitarse la vida.
Dicen que sus lágrimas, derramadas en aquel suelo seco, hicieron brotar un manantial que hasta hoy sigue fluyendo y se conoce como "Fuente del Moro“.

Domingo, 24 de Mayo. Jaime en la fuente del Moro

Jaime Fernández García. 5º de E. Primaria.

jueves, 16 de abril de 2015

UNA NOCHE TOLEDANA


Pasar una “Noche Toledana” se utiliza cuando pasas una noche sin dormir a causa de molestias, sobresaltos o disgustos.

Existen hasta tres versiones sobre el origen del dicho.

En la primera, Sebastián de Covarrubias habla de los problemas causados por los enormes mosquitos que, procedentes de las aguas del Tajo, atacan a los toledanos y a los visitantes en cuanto aprieta el calor.

Otras interpretaciones identifican el dicho con una tradición toledana de la noche de San Juan, cuando las mozas de la ciudad, entre cánticos y bailes, salían a la calle a buscar marido. Según dicha tradición, se casarían con el primer hombre cuyo nombre escucharan.

Y la última versión, y más documentada, cuenta que en el año 812 gobernaba en Toledo un joven llamado Jusuf-ben-Amru, hijo de un guerrero muy estimado por el Califa Cordobés, a quien debía que Toledo siguiera bajo su mando pues había conseguido dominar al rebelde Obeidah, que se había sublevado contra su autoridad.

Jusuf gobernaba en Toledo de forma cruel pagando sus injusticias tanto nobles como plebeyos, ejerciendo su poder solamente para deshonrar familias, raptando doncellas las cuales humillaba y daba muerte en su Alcázar.

Todo esto hizo que el pueblo no tardara en levantarse contra Jusuf y tomara prácticamente la ciudad y por ello este acabó muerto.

El Califa mandó llamar a Amru, padre del joven Jusuf, y le contó el triste final de su hijo. Amru recibió impasible la noticia y tras meditar en silencio y bajo su rostro pálido decidió pedirle al Califa que le enviara de Wariz a Toledo, para que gobernando rectamente pudiera enmendar los errores de su hijo, y así recobrar el honor de su familia.

Cuando Amru llegó a Toledo acompañado de un fuerte escuadrón sus habitantes se mostraron recelosos y desconfiados, su preocupación era ver cuál sería la reacción del padre tras lo acontecido, ya que estaban seguros que venía a tomar venganza. Pronto pudieron comprobar que sus sospechas eran infundadas, ya que este gobernaba de forma paternal para con los necesitados y con la nobleza ante la aristocracia. Nunca tomaba ninguna decisión sin consultarla antes con el consejo.

Cuando el Príncipe Abderraman se dirigía a Zaragoza al mando de cinco mil guerreros y a su paso por Toledo dio un alto a sus tropas, se le presentó la ocasión a Amru de vengarse. Amru los recibió como se merecía al primogénito del Califa y le hospedó en el Palacio de Galiana, en la vega del Tajo. Al día siguiente le obsequió con un banquete al que invitó a todos los nobles de la ciudad.

La ciudad presentaba un aspecto inmejorable, los adornos de las calles y la oscuridad de las mismas solo se interrumpía por el espectáculo de las antorchas que los servidores portaban para alumbrar a sus señores. Pero a medida que iban entrando los nobles, los soldados les cortaban la cabeza.


En definitiva, una “noche toledana” significa, todavía hoy, para muchos una noche de terror, desapacible, que infunde miedo en el alma…


Redactora: Inés Rodríguez Rodríguez

miércoles, 15 de abril de 2015

LEYENDA  DE  LA  CAVA


La Cava, era el sobrenombre con el que se conocía a Florinda, hija del gobernador de Ceuta, el conde don Julian, que vivía en Toledo invitada por el rey don Rodrigo. Esta  bella mujer se bañaba todos los días, al caer la tarde, cuando el calor del verano toledano hace casi irrespirable el aire, en el al paraje que hoy se halla a los pies del Puente San Martín, donde las aguas se remansan y las orillas se cubren de verdor.

Desde  su palacio-alcázar, junto a San Juan de los Reyes, Don Rodrigo contemplaba a la joven, mientras ardía de deseo por la bella muchacha. Tras varias tentativas, Florinda,   accedió a los deseos de don Rodrigo.
La felicidad embargaba a los enamorados, ajenos a las consecuencias y sufrimientos que Dios les tenía reservado. Alguien comunicó al conde don Julián la deshonra de su hija a manos del monarca godo. El gobernador de Ceuta montó en cólera y decidió vengarse ¿Como ? permitiendo la invasión musulmana de la península.
Don Rodrigo fue derrotado en Guadalete y su ejercito destruido.

La leyenda cuenta , que don Rodrigo murió haciendo penitencia y la Cava, volvió a Toledo loca de dolor y vergüenza. Años más tarde, se corrió la voz por la ciudad que en el lugar se aparecía una mujer enajenada. Un atardecer, la mujer subió al torreón y desde allí se precipitó a las aguas oscuras y profundas. Desde entonces, cuando el sol desaparece por el horizonte, aparece en el torreón una figura femenina que llena de melancolía vuelve su mirada al palacio de don Rodrigo.   

Redactora: Carmen Pedraz Cogolludo.

jueves, 26 de marzo de 2015

LA PIEDRA DEL REY MORO

Dice la tradición toledana que en las noches de luna clara y luminosa, se vislumbra una sombra flotando sobre ella y sus alrededores. Es el espíritu del príncipe Abul-Walid que sale de su tumba para contemplar las siluetas de las viviendas, jardines miradores donde cada noche paseaba con su amada reflejados en el resplandor lunar.

 Corría el año 1083 y reinaba en Toledo Yahia Alkadir, nieto de Al Mamun. Alfonso VI cercaba la ciudad, arrasando las campiñas obligando a que el hambre hiciera rendirse a los musulmanes.
Yahia recurrió a la amistad que le unía a Alfonso con su abuelo Al-Mamun ofreciéndole tributos, pero nada de ello hizo ablandar el corazón de Alfonso, que estaba ansioso por recuperar la ciudad que tanto bienestar le había ofrecido.

Su única solución fue enviar mensajeros al otro lado del estrecho, al norte de África. Los reyes africanos escucharon la petición y antes de mandar ayuda decidieron enviar un mensajero para evaluar la situación y las necesidades reales, así les seria más fácil a la hora de saber que cantidad de ayuda mandar. La elección recayó sobre el joven guerrero Abul-Walid. Cuando el joven príncipe llegó a Toledo, este fue tratado como un héroe, ya que realmente sería su única salvación. Es por ello   que desde que Abul llegó no pararon de rendirle en su honor fiestas, torneos y grandes alabanzas, pero lo que realmente llamaba la atención del joven no eran las fiestas en su honor si no la joven y bella hermana de Yahia que día tras día ambos iban fijando mas minutos sus miradas en el otro. Así de esa forma los dos jóvenes se fueron conociendo y poco a poco enamorando,hasta que un día decidió que debía regresar a realizar su cometido.

            La última noche antes de su partida los dos jóvenes se juraron amor eterno, ella le juró que le esperaría hasta que viniera y él le juró que regresaría y esta vez sería para no marcharse más de su lado.
           Mientras Abul se hallaba en África reclutando gente y preparando todo lo necesario para volver a Toledo  en ayuda de su amigo Yahia y con él más íntimo deseo de volver a ver a su amada, Alfonso VI se apoderó de la ciudad, que no pudo resistir por más tiempo, Yahia tuvo que abandonar la ciudad pero no pudo llevarse a su hermana que había enfermado y al ver la tardanza de su amado, murió de pena. Pero antes de su muerte a un esclavo que desde pequeña le había atendido le dejo un último legado, que le dijera que había muerto pensando en él, pero que no intentara tomar la ciudad que se olvidara de ella y regresara a África.
        No había pasado mucho tiempo cuando apareció ante Toledo un numeroso y espectacular ejército Sarraceno, sin saber que la ciudad se hallaba en manos de los Cristianos, era Abul-Walid que después de resolver graves asuntos y de salir de una grave enfermedad se había repuesto para volver a estar junto a su amada.     
Al llegar junto a Toledo las malas noticias llegaron a él, la ciudad había sido tomada por los cristianos,  y la peor de las noticias en Esclavo de Sobeyha le trascribía las palabras que había pronunciado su amada antes de morir, Abul se quedó muy triste y lejos de hacer caso a su amada acampo en los alrededores de Toledo, con intención de recuperar aquella ciudad que tantos buenos momentos le habían dado y que daba sepultura a su amada.

Los ejércitos de Abul ocuparon los alrededores de Toledo, al otro lado del río, junto  a los ahora llamados cigarrales y Academia de Infantería., y junto a sus generales empezó a estudiar las posibles ofensivas, esto llevo varios días, por las noches  en la peña más alta donde estaban acampados los musulmanes dicen que noche tras noche se veía la figura de Abul, mirando cada calle de Toledo por donde había paseado con su amada. Rápidamente los cristianos empezaron a temer la entrada de Abul ya que los comentarios eran diarios entre los ciudadanos, algunos decían que medía  dos metros, otros que era más fuerte que un oso y día tras día eran más los temerosos a los árabes.

Por esto Ruiz Díaz de Vivar (El Cid)   que se encontraba en Toledo ideo un plan, y así se llevó a cabo. Una noche a favor de la oscuridad y sin que nadie lo esperase, se adelantó a las intenciones enemigas y salió de las murallas de Toledo con un numeroso ejército, con mucho sigilo ataco a los musulmanes sin que nadie lo esperara, las sombras fueron sus más firmes aliadas pues los moros llegaron a pelearse entre sí. Peña del Rey Moro
        A la mañana siguiente, los musulmanes se dieron cuenta de su desastre y lo peor es que encontraron a su rey muerto, su cuerpo estaba cubierto de heridas y una flecha había travesado su corazón. Los árabes se rindieron ante el Cid y este los dejo volver a África, antes de irse a su rey lo enterraron en aquellas peñas, concediéndole el deseo de permanecer eternamente en ese lugar para poder contemplar aunque fuera de lejos la ciudad que acogió a su amada.

        Pero la historia no acaba ahí, dicen los Toledanos que las noches de luna, al mirar a las piedras desde Toledo se ve el cuerpo del rey moro subida en la peña observando las calles y torreones de Toledo, por donde paseaba con su amada.

Redactor: Pablo Lugo Lugo.
EL HOMBRE DE PALO

El hombre de palo fue un artificio construido por Giovanni Torriani (*Cremona, Milanesado, 1500 - †Toledo, España, 1585), más conocido como Juanelo Turriano, inventor, arquitecto y Relojero Real de Carlos I. Existen dudas sobre su naturaleza y función, pero la leyenda más extendida en la ciudad de Toledo afirma que consistía en un aparato antropomórgico de madera, construido con el fin de recolectar limosnas, y con capacidad para mover piernas y brazos.
Algunas versiones poco verosímiles de la leyenda dicen que dicho artefacto era capaz de andar buscando la caridad de los viandantes, y que incluso era capaz de inclinarse en una reverencia cuando recibía alguna moneda. No hay muchos documentos históricos acerca de la naturaleza del autómata, ya que fue quemado cuando aún Turriano estaba con vida, pero ha quedado constancia del punto donde se localizaba: la antigua calle de las Asaderías de Toledo, actualmente denominada "Calle del Hombre de Palo".
Existe una curiosa teoría, según la cual Doménico Teotocopulos, El Greco, en su obra "El entierro del Conde de Orgaz" expone quiénes ocultaron el armazón del autómata. Para ello, se basa en las escenas que adornan las vestiduras de las apariciones celestiales, en el misterioso monje de hábito gris, y en el paje que, en primer término, señala claramente el símbolo rosacruz en una de las túnicas.

Redactora: Carmen Pérez Gilabert.

domingo, 15 de marzo de 2015

La leyenda de la Virgen de la Calle Alfileritos de Toledo

 Alfileritos es una calle larga y estrecha, con viejos caserones y antiguos palacios, que nace cerca de la plaza de San Nicolás, y muere en la plaza de San Vicente, junto al ábside de la iglesia del mismo nombre.
     
       Al comienzo de la calle, y en una pequeña hornacina situada en el muro de la izquierda, vemos una imagen de la Virgen, ante la que se encuentran numerosos alfileres de diversos colores y tamaños. Se trata de ofrendas de las jóvenes toledanas a la Virgen María solicitando su especial intervención para conseguir el novio adecuado.
      
Tradicionalmente, las muchachas Toledanas han acudido a aquel lugar donde, tras rezar una oración y formular su deseo, se pinchaban ligeramente con un alfiler que luego ofrecían a la Virgen como prueba de amor y esperanza.  Esta antigua costumbre se remonta al siglo XVI, y tuvo su origen, según la leyenda, en la forzada separación, por causa de la guerra, de dos amantes toledanos, ella, Dª Sol de Vargas, relevante dama de la ciudad, y él, apuesto capitán de las tropas imperiales de Carlos V. Se llamaba  D. García de Ocaña.
            Todas las noches, la dama, acompañada por su dueña, acudía a rezar frente a la hornacina de la Virgen, rogando por la vida de su enamorado, así como por su pronto regreso a Toledo, y allí permanecía rezando hasta altas horas de la madrugada. Como a veces la vencía el sueño, ordenó a la dueña, que si esto sucedía, la pinchara con un alfiler a fin de mantenerla despierta, alfiler que luego ofrendaba a la Virgen como testimonio de su sacrificio.

El tiempo fue transcurriendo, mientras aumentaba el número de alfileres, hasta que, finalmente, el capitán regresó, sano y salvo, junto a su fiel enamorada. Los amigos y familiares de la pareja, conocedores del hecho, achacaron el regreso del capitán a las oraciones de su dama, así como a los alfileres depositados en la hornacina. 
Los comentarios se extendieron por toda la ciudad, y pronto otras jóvenes, en parecidas circunstancias imitaron a su perseverante conciudadana, y así se creó la costumbre, entre las mujeres toledanas, de dirigirse a la calle, llamada desde entonces, de los alfileritos, a fin de pedir a la Virgen fortuna para encontrar al hombre de sus vidas, y tras pincharse levemente, ofrecerla el alfiler, confiando en que se repetiría el viejo sortilegio de amor y esperanza.



Redactora: Inés Rodríguez Rodríguez

sábado, 14 de marzo de 2015


La leyenda del pozo amargo, leyendas de Toledo. Bajando de la Catedral Primada hacia la zona de la Escuela de Traductores te encuentras con una calle que desemboca en una minúscula plaza con un pozo de piedra. Es la calle del pozo amargo y ese pozo, como casi todos los rincones en Toledo, tiene su propia leyenda.

El pozo amargo es una de esas leyendas toledanas que reflejan el espejismo de la Ciudad de las Tres Culturas, donde la convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos era posible, siempre y cuando cada uno permaneciera en su lugar. Pero eso de mezclar culturas, eso de interrelacionarse, no era posible y, mucho menos, amarse. Porque una historia de amor entre gentes de culturas diferentes casi nunca tenía un final feliz.
Es el caso de esta leyenda del pozo amargo. Allí donde encuentras este pozo, hace siglos era el jardín de la casa de un acaudalado judío. Así que tendrás que hacer un esfuerzo imaginativo para situar la mansión, el jardín con su pozo y su muro alrededor. En esa casa vivía un judío, un comerciante toledano con tanto prestigio como riquezas, con su bellísima hija Raquel.
Raquel, que era joven y aun creía que el amor todo lo puede estaba enamorada de un joven toledano de noble cuna al que unos llaman Fernando y otros Álvaro; en cualquier caso, lo que importa y en lo que sí hay acuerdo es en que el joven en cuestión era cristiano. Estamos así ante los amoríos de un cristiano y una judía, por lo que se avecinan complicaciones.
Cada noche, Raquel salía a pasear por el jardín y se sentaba en el pozo hasta que su amado saltaba el muro y, arropados por la oscuridad, pasaban la noche abrazados junto al pozo, besándose y prometiéndose amor eterno. Pero esta historia de amor contaba con la oposición de ambas familias y, especialmente el padre de Raquel, estaba decidido a ponerle fin al precio que fuera.
Así que una noche esperó escondido en el jardín a que el enamorado de su hija saltara el muro. En ese momento, apuñaló al joven cristiano ante la horrorizada mirada de Raquel, que veía cómo el amor de su vida iba dejando esta vida pronunciando el nombre de su amada con el último suspiro.
Desde entonces, Raquel bajaba cada noche al jardín a la misma hora en la que tenían lugar sus encuentros con el joven. Se sentaba en el pozo y se pasaba las noches llorando sin consuelo por su amor perdido. Tal era la angustia de Raquel, que las lágrimas que caían al pozo acabaron por convertir su agua en agua amarga. Pero que el agua de ese pozo fuera insalubre no fue el motivo por el que cerraron ese pozo.
Una de esas noches en las que Raquel se sentaba en el pozo a llorar y llorar, creyó ver en la aguas del pozo el rostro de su amado. Tan segura estaba que debían estar juntos, que se lanzó al pozo en busca de su abrazo. Y de esa manera, posiblemente, la judía Raquel y el joven cristiano pudieron estar juntos para siempre, pero el pozo nunca más pudo volver a utilizarse y pasó a llamarse el Pozo Amargo.




                                                                                             Redactor: Luis Fernández Clemente

martes, 3 de marzo de 2015

LEYENDA DEL CRISTO DE LA LUZ

La leyenda consta de dos partes.

Cuentan, que allá por la mitad del siglo VI, había en Toledo un grupo de fanáticos judíos, los cuales sentían un gran odio por las imágenes de Cristo crucificado. Tenían una especial animadversión por un pequeño Cristo que era muy venerado por los cristianos toledanos y que se hallaba en una reducida iglesia visigoda.
Su odio llegó a tal extremo que untaron con veneno los pies del Cristo, y como era costumbre de los cristianos rezarle, pedirle un favor y después besarle los pies para alcanzar la concesión de la súplica, creyeron que con su acción lograrían matar a un número indeterminado de Cristianos y que estos llegaran a aborrecer a la hasta ahora venerada imagen, reduciendo su fe. Así, aprovechando la soledad de la iglesia, pusieron en ejecución su malvado plan.

A la mañana siguiente, cuando la primera devota llegó a rezar ante el Cristo, y al ir a besar los pies de éste como cada mañana algo la dejó sorprendida. El Cristo retiró el pie desclavándolo de la cruz, no permitiendo que la mujer llegara a rozar sus labios con el potente veneno. La sorpresa se extendió cuando este mismo hecho se repitió a lo largo de la mañana y con diferentes devotos. El sacerdote se acercó a los pies del Cristo y observó una mancha amarillenta sobre el pie, delatando así el veneno. En contra de las pretensiones de los judíos no murió ningún cristiano y la fama del Cristo aumentó por toda la ciudad. Uno de los más malvados judíos era Abisaín,  quien llevó a cabo el proyecto. Al enterarse de lo ocurrido, lleno de ira y de venganza penetró una noche en el recinto sagrado.  Observó con estupor y rabia como tenía un pie desclavado y separado del madero. Lleno de cólera, tomó un puñal que llevaba en su cinturón y se lo clavó en el pecho, la imagen cayó al suelo y un grito de dolor llenó el aire, recogió la imagen del suelo, la escondió en sus ropas y corrió hacia su casa. Al llegar a ella antes de entrar, comprobó que nadie le seguía, pensando en quemarlo al día siguiente.
Al amanecer un rumor de gente en la puerta de su casa le delataban de haber robado al Cristo, ¿Cómo podía ser? Nadie le había seguido. Al levantarse y mirar sus ropas se dio cuenta que estaban ensangrentadas chorreando de sangre y un reguero de sangre les habían conducido a los cristianos hasta su casa a pesar de la lluvia.
El Cristo fue rescatado y repuesto en el altar de su pequeña ermita y el judío, apresado tras un juicio, fue condenado por el delito y apedreado públicamente.




SEGUNDA LEYENDA SOBRE EL CRISTO DE LA LUZ:

La tradición nos cuenta que el rey Alfonso VI entró en la ciudad en 1085 por la puerta antigua de Bisagra, que en la actualidad lleva su nombre, acompañado de un gran séquito de importantes personajes. Cogió el camino natural y más directo, aunque más difícil: la cuesta del Cristo de la Luz. Cuando su caballo pasaba frente a la mezquita, se arrodilló, negándose a avanzar y ante la persistencia del animal en su actitud se pensó que era un aviso del cielo.
Buscando la explicación de este sorprendente hecho, se penetra en el templo y se observa que de uno de los muros sale un potente resplandor que ilumina el recinto. Se ordenó excavar en el lugar y se encontró oculto tras el muro el crucifijo que, a pesar de los casi cuatro siglos transcurridos en su encierro, mantenía viva la llama de una lamparilla. Gran contento y alborozo produjo en los conquistadores este milagroso hallazgo, quienes tomaron al Cristo, y encabezados por él, llegaron a Zocodover. El crucifijo se colocó en la antigua mezquita cuando ésta fue consagrada y dispuesta para el culto al cristianismo.
Desde ese momento el nombre de Ermita es del “Cristo de la Luz”.


(Nota: algunos autores señalan que no fue el caballo de Alfonso VI al que ocurrió este hecho, sino a su lugarteniente D. Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, personaje del que se dice fue el primer alcalde de Toledo).A partir de ese día la baldosa en la que se arrodillo el caballo quedó de diferente color.


Autor: Álvaro Martín Corral

domingo, 1 de marzo de 2015

LEYENDA DEL CRISTO DE LA VEGA


Había en Toledo dos amantes: Diego Martínez e Inés de Vargas. Estos dos se amaban locamente, pero un día llegó una mala noticia para los dos, Diego tenía que partir hacia Flandes y esto sembró el miedo y el terror ante los dos, ya que este viaje les separaría y  solo Dios sabe por cuánto tiempo. Llegó la hora de la despedida y esta se produjo en la capilla del Cristo de la Vega en la cual los dos se juraron amor eterno y Diego tocando los pies de Cristo prometió desposarla en cuanto regresara. 

   Mientras Inés se marchitaba de tanto llorar, ahogándose en su desesperanza y desconsuelo, desesperado sin acabar de esperar, aguardando en vano la vuelta del galán. Todos los días rezaba ante el Cristo testigo de su juramento, pidiendo la vuelta la Diego, pues en nadie más encontraba apoyo y consuelo. 

    Dos años pasaron y las guerras de Flandes acabaron, pero Diego no regresaba, pero Inés nunca desesperó y todos los días acudía al miradero en espera de ver aparecer a su amado. Un día vio aparecer un tropel de hombres a lo lejos que se acercaban a la muralla de la ciudad, y se encaminaban a la plaza del Cambrón, esta fue corriendo hacia allí a ver quiénes eran como había hecho muchas otras veces, cuando allí llegó el corazón le palpitó con fuerza, al frente del pelotón de hombre en cabeza iba Diego. ¡Por fin! Tanto tiempo esperando dio fruto, Inés dando gritos de alegría agradecía al cielo el haberle traído sano y salvo, pero Diego al verla le hizo caso omiso como si no la conociera y dando espuelas al caballo se adentro en las callejuelas de Toledo.

   ¿Qué había hecho cambiar a Diego Martínez? Posiblemente fuera su encubrimiento, pues de simple soldado fue ascendido a capitán y a su vuelta el rey le nombró caballero y lo tomó a su servicio. El orgullo le había trasformado y le había hecho olvidar su juramento de amor; negando en todas partes que él prometiera casamiento a esa mujer.

Inés no cesaba de acudir ante Diego, unas veces con ruegos, otras con amenazas y muchas más con llanto; pero el corazón del joven capitán de lanceros era una dura piedra y continuamente le rechazaba.

   En su desesperación solo vio un camino para salir de la dura situación en que se encontraba, ya que en todas partes de la ciudad murmuraban sobre el caso de Diego e Inés, y fue acudir al gobernador de Toledo que en esta caso era Don Pedro Ruiz de Alarcón y le pidió justicia. Don Pedro hizo acudir ante él en el tribunal a Don Diego Martínez y a Inés y primero escucho a uno contar lo acontecido para más tarde escuchar a Diego negar haber jurado casamiento a Inés. Ella porfiaba y él negaba. No había testigos y nada podía hacer el gobernador. Era la palabra de uno contra la del otro.

   En el momento en el que Diego iba a marcharse con gesto altanero, después de que don Pedro le diera permiso para ello, Inés pidió que lo detuvieran, pues recordaba tener un testigo. Cuando la joven dijo quien era ese testigo  todos se quedaron paralizados por el asombro, tras un silencio aterrador y una breve consulta de don Pedro  con los jueces que le acompañaban decidieron ir al Cristo de la Vega a tomarle declaración.
Todos se acercaron a la ermita, un tropel de gente acompañaba el cortejo, pues la noticia del suceso se había extendido como la pólvora. Entraron todos en el claustro, encendieron ante el Cristo cuatro cirios y se postraron de hinojos a rezar en voz baja. a continuación un notario se adelantó hacia la imagen y teniendo a los jóvenes uno a cada lado y después de leer la acusación en voz alta, demandó a Jesucristo como testigo:

-¿Juráis ser cierto que un día, a vuestras divinas plantas, juró a Inés Diego Martínez por su mujer desposarla?

Tras unos momentos de expectación y tensión el Cristo bajo su mano derecha, desclavándola del madero y poniéndola sobre los autos abrió los labios y exclamo:

- Sí Juro.


Ante este hecho los ambos jóvenes renunciaron a las vanidades de este mundo y entraron en sendos conventos.


Autor del artículo: Ana Romero Benitez