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domingo, 31 de mayo de 2015

Virgen del Valle


El primero mayo se celebra en Toledo, Castilla-La Mancha, la Romería de la Virgen del Valle. Según cuenta la tradición cuando la Virgen es paseada por los cerros a la entrada de Toledo la gente corre hasta la ermita construida en torno al siglo XVII con el propósito de tocar las campanas. Pues aquellos que no la alcancen no lograran llegar al matrimonio.
Todos los años el 1 de mayo se realiza esta fiesta popular en un clima verdaderamente emocional. Los devotos de la Virgen del Valle preparan la procesión que está compuesta por dos momentos fundamentales. El primero, al cual nos referimos anteriormente consiste en esa superstición que se funda en una creencia antiquísima, mientras que en la segunda etapa, una vez realizada “toca de campana”, los participantes de la romería se conducen hacia “la piedra del rey moro” donde tiene lugar la tradicional merienda.


Comidas en romería de la Virgen del Valle
El sitio elegido para la romería es un lugar extraordinario, desde donde puede observarse la belleza de Toledo dado que se encuentra en una altura considerable. Sobre la ermita de la Virgen del Valle se halla esta famosa piedra del rey moro, la cual según la leyenda es una tumba de un joven musulmán que lucho varios años, aunque sin lograrlo, por la recuperación de Toledo una vez que los reyes de España los habían expulsado.
Esta fiesta tradicional de la Virgen del Valle es una de las más multitudinarias de Toledo, el símbolo de la celebración es el “hinojo” que abunda a los alrededores y el cual se supone es símbolo a su vez de la fertilidad. Quizá por ello es recogido por las mujeres embarazadas que intentan subir hasta lo más alto.
Por supuesto, que no falta en esta fiesta la buena comida y la reunión familiar. Así, por ejemplo, se preparan tortillas y patatas que se acompañan con un rico vino. Las tiendas de campaña se preparan la noche anterior y ahí mismo comienza el gran festín.

Vista de Toledo
Tal vez, lo único que deberíamos advertir para aquellos que no conocen Toledo es el destacado relieve que tiene su geografía, pues pueden llegar a ser pendientes muy peligrosas si no vas cuidadosamente.

Sin embargo, esto no impide que visites Toledo el primer día del mes de Mayo para disfrutar de esta ceremonia maravillosa.


REALIZADO POR: IVÁN SILVA

miércoles, 20 de mayo de 2015

ROMERÍAS
 Ermita de San Jerónimo


Domingo más cercano al 30 de septiembre: Se lleva a cabo la Romería en la Ermita de San Jerónimo, y durante la misma se reparten entre los asistentes, limonada y aperitivos.



Ermita de la Virgen de la Guía

 Día 12 de octubre: Este día se celebra la Romería en la Ermita de la Virgen de la Guía. Esta ermita se encuentra dentro de los terrenos de la Academia de Infantería y se abre al público solamente en esta ocasión que de hecho cierra el calendario anual de romerías.



BEATRIZ SANZ SECO



SANTO ÁNGEL CUSTODIO

Si hay una fecha señalada para el Cigarral del Ángel Custodio ésa es el tercer domingo del mes de mayo. Tras la romerías de la Virgen de la Cabeza (último domingo de abril), de la Virgen del Valle (1 de mayo) y de Nuestra Señora de la Bastida (segundo domingo de mayo), tiene lugar la romería del Santo Ángel Custodio.


Las romerías en Toledo son una tradición que se transmite a través de generaciones de cofrades y que, en el caso del Cigarral del Ángel, permite abrir al público este magnífico lugar para disfrute de toledanos y visitantes.

Las celebraciones comienzan la tarde del sábado con una misa en honor a los cofrades difuntos, y la degustación del agua del manantial del Santo. La mañana del domingo es el momento de la tradicional misa, tras la que se bendicen las roscas de pan del Santo que recibirán los asistentes junto con limonada. Asimismo, los visitantes se divierten con juegos tradicionales toledanos como las quínolas con figuras de cerámica.

Es al finalizar la tarde cuando los cofrades sacan la imagen del Ángel en procesión, con inicio y final en la Ermita y recorrido por todas las instalaciones del Cigarral, por arboledas y paseos florales, patios de origen árabe y fuentes... Uno de los momentos más emotivos tiene lugar al final del acto, en el que los costaleros bailan al Ángel al son del himno nacional mientras los fieles lanzan pétalos de rosa.


MARÍA VILLOTA RAMÉ


jueves, 16 de abril de 2015

SAN ROMÁN

MUSEO DE LOS CONCILIOS Y DE LA CULTURA VISIGODA C/ San Román, s/n

La iglesia de San Román es una de la iglesias que mejor conservan el estilo mudéjar en su torre, arquerías de herradura y tribuna. En sus pinturas románicas al fresco, espontáneas y coloristas, contemplamos saliendo de sus tumbas a los distintos personajes de la sociedad toledana medieval para asistir al Juicio Final.

Situada en uno de los lugares más altos de la ciudad, se tienen noticias de la parroquia en el siglo XII. La documentación señala que en ella se coronó rey a Alfonso VIII de Castilla el 26 de agosto de 1166 y la iglesia, nuevamente remodelada y ampliada, sería consagrada en 1221 por el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, el mismo que pocos años después bendeciría la primera piedra de la Catedral gótica, trazada en un estilo internacional: el gótico francés, importado desde Francia por el maestro francés Martín.  

La iglesia presenta planta con tres naves, separadas por arcos de herradura que para evitar la sobrecarga del muro superior, contienen una galería de arcos abiertos o falsa tribuna, repitiendo el esquema de las iglesias románicas de peregrinación del Camino de Santiago. Los arcos se apoyan en pilares de ladrillo con columnas adosadas cuyos fustes y capiteles proceden del mundo visigodo y romano.

A esta consagración del siglo XIII corresponden las preciosas pinturas al fresco que decoran parte de sus muros y que fueron descubiertas bajo una capa de cal blanca en el primer tercio del siglo XX, en un estilo gótico primero con resto de detalles románicos en las franjas decorativas, con figuras geométricas, esquemáticas de forma frontal, trazadas en tonos ocres y pardos en un mismo color.  Los cuatro evangelistas con su forma de animal en sus escritorios, la llamada de los ángeles trompeteros al juicio a toda la sociedad toledana que sale de sus tumbas, el peso de las almas y la aclamación de los veinticuatro ancianos del Apocalipsis en sus tronos en el Paraíso, son algunas de las escenas representadas.
         
                                           En el Renacimiento, Alonso de Covarrubias reformó la cabecera con una cúpula que reproduce el esquema del Panteón romano. La familia de los Niño de Guevara encargó el retablo de ésta su capilla funeraria familiar.




En 1971 fue inaugurando el “Museo de los Concilios y la Cultura Visigoda”, con elementos decorativos, restos de antiguas basílicas: dinteles, capiteles, columnas, pilas, pequeños altares, y nichos con la cruz de la que cuelgan el alfa y la omega, un fragmento del credo visigodo encontrado en la Vega Baja, así como la reproducción de algunas de las coronas votivas pertenecientes a los reyes visigodos cuyas originales fueron escondidas en la finca de Guarrazar, cerca del pueblo de Guadamur, y encontradas en 1859.



INFORMACIÓN para el VISITANTE

Acceso
Lunes: Cerrado. De martes a sábado: de 10:00 h. a 14:30 h. y de 16:00 h. a 18:30 h. Domingos: de 10:00 h. a 14:30 h.
Tarifa
Entrada general: 1€

Entrada gratuita: miércoles y sábados tarde de 16:00 h. a 18:30 h. Domingos de 10:00 h. a 14:30 h.

Redactor: Esteban García del Pino Gordillo
UNA NOCHE TOLEDANA


Pasar una “Noche Toledana” se utiliza cuando pasas una noche sin dormir a causa de molestias, sobresaltos o disgustos.

Existen hasta tres versiones sobre el origen del dicho.

En la primera, Sebastián de Covarrubias habla de los problemas causados por los enormes mosquitos que, procedentes de las aguas del Tajo, atacan a los toledanos y a los visitantes en cuanto aprieta el calor.

Otras interpretaciones identifican el dicho con una tradición toledana de la noche de San Juan, cuando las mozas de la ciudad, entre cánticos y bailes, salían a la calle a buscar marido. Según dicha tradición, se casarían con el primer hombre cuyo nombre escucharan.

Y la última versión, y más documentada, cuenta que en el año 812 gobernaba en Toledo un joven llamado Jusuf-ben-Amru, hijo de un guerrero muy estimado por el Califa Cordobés, a quien debía que Toledo siguiera bajo su mando pues había conseguido dominar al rebelde Obeidah, que se había sublevado contra su autoridad.

Jusuf gobernaba en Toledo de forma cruel pagando sus injusticias tanto nobles como plebeyos, ejerciendo su poder solamente para deshonrar familias, raptando doncellas las cuales humillaba y daba muerte en su Alcázar.

Todo esto hizo que el pueblo no tardara en levantarse contra Jusuf y tomara prácticamente la ciudad y por ello este acabó muerto.

El Califa mandó llamar a Amru, padre del joven Jusuf, y le contó el triste final de su hijo. Amru recibió impasible la noticia y tras meditar en silencio y bajo su rostro pálido decidió pedirle al Califa que le enviara de Wariz a Toledo, para que gobernando rectamente pudiera enmendar los errores de su hijo, y así recobrar el honor de su familia.

Cuando Amru llegó a Toledo acompañado de un fuerte escuadrón sus habitantes se mostraron recelosos y desconfiados, su preocupación era ver cuál sería la reacción del padre tras lo acontecido, ya que estaban seguros que venía a tomar venganza. Pronto pudieron comprobar que sus sospechas eran infundadas, ya que este gobernaba de forma paternal para con los necesitados y con la nobleza ante la aristocracia. Nunca tomaba ninguna decisión sin consultarla antes con el consejo.

Cuando el Príncipe Abderraman se dirigía a Zaragoza al mando de cinco mil guerreros y a su paso por Toledo dio un alto a sus tropas, se le presentó la ocasión a Amru de vengarse. Amru los recibió como se merecía al primogénito del Califa y le hospedó en el Palacio de Galiana, en la vega del Tajo. Al día siguiente le obsequió con un banquete al que invitó a todos los nobles de la ciudad.

La ciudad presentaba un aspecto inmejorable, los adornos de las calles y la oscuridad de las mismas solo se interrumpía por el espectáculo de las antorchas que los servidores portaban para alumbrar a sus señores. Pero a medida que iban entrando los nobles, los soldados les cortaban la cabeza.


En definitiva, una “noche toledana” significa, todavía hoy, para muchos una noche de terror, desapacible, que infunde miedo en el alma…


Redactora: Inés Rodríguez Rodríguez

miércoles, 15 de abril de 2015

Benito Pérez Galdós
(Las Palmas de Gran Canaria, 1843 - Madrid, 1920) Novelista, dramaturgo y articulista español. Benito Pérez Galdós nació en el seno de una familia de la clase media de Las Palmas, hijo de un militar. Recibió una educación rígida y religiosa, que no le impidió entrar en contacto, ya desde muy joven, con el liberalismo, doctrina que guió los primeros pasos de su carrera política.
Su primera novela, La sombra, de factura romántica, apareció en 1870, seguida, ese mismo año, de La fontana de oro, que parece preludiar los Episodios Nacionales.
Dos años más tarde, mientras trabajaba como articulista para La Nación, Benito Pérez Galdós emprendió la redacción de los Episodios Nacionales.
El éxito inmediato de la primera serie, que se inicia con la batalla de Trafalgar, lo empujó a continuar con la segunda, que acabó en 1879 con Un faccioso más y algunos frailes menos. En total, veinte novelas enlazadas por las aventuras folletinescas de su protagonista.
Durante este período también escribió novelas como Doña Perfecta (1876) o La familia de León Roch (1878). 
Según confesión del propio escritor, con la lectura de La taberna, de Zola, descubrió el naturalismo, lo cual cambió la manière de sus novelas, que incorporarán a partir de entonces métodos propios del naturalismo, como es la observación científica de la realidad a través, sobre todo, del análisis psicológico, aunque matizado siempre por el sentido del humor.
Bajo esta nueva manière escribió alguna de sus obras más importantes, como Fortunata y Jacinta, Miau y Tristana. Todas ellas forman un conjunto homogéneo en cuanto a identidad de personajes y recreación de un determinado ambiente: el Madrid de Isabel II y la Restauración, en el que Galdós era una personalidad importante, respetada tanto literaria como políticamente.
En 1887, coincidiendo con la publicación de una de sus obras más aplaudidas por la crítica, Ángel Guerra, ingresó, tras un primer intento fallido en 1883, en la Real Academia Española.
Durante los últimos años de su vida se dedicó a la política, siendo elegido, en la convocatoria electoral de 1907, por la coalición republicano-socialista, cargo que le impidió, debido a la fuerte oposición de los sectores conservadores, obtener el Premio Nobel. Paralelamente a sus actividades políticas, problemas económicos le obligaron a partir de 1898 a continuar los Episodios Nacionales, de los que llegó a escribir tres series más.

Toledo fue una  de las ciudades galdosianas por excelencia. Entre sus viejos muros Pérez Galdós encontró material humano más que sobrado para escribir su inolvidable Ángel Guerra, aunque el espíritu toledano planea  en otras novelas de Galdós. Vivió en la calle Santa Isabel, donde aún puede leerse la lápida que un grupo de amigos, entre los que se encontraba Gregorio Marañón, colocó en su memoria en 1923.
¿Qué hace Galdós en Toledo? El mismo nos lo dice: perderse, dar vueltas y revueltas, encontrar su misterio escondido. «Porque su ocupación única, en los días primeros, fue vagar y dar vueltas, recreándose en el olor de santidad artística, religiosa y nobiliaria que de aquellos vetustos ladrillos se desprende; su placer mayor, perderse sin guía ni plano, jugando con el ovillo revuelto de sus calles. De noche el misterio y la poesía resaltaban más que la luz del sol». Así, descubriendo callejuelas y lugares recónditos y acogedores, irá formando su total y profunda visión de la ciudad, más allá de la imagen convencional: vio puertas que no se han abierto en siglo y medio lo menos, balcones o miradores nuevecitos con floridos tiestos; rejas mohosas, cuyo metal se pulveriza en laminillas rojizas; huecos de blanqueado marco abiertos en el ladrillo oscuro de antiquísima fábrica...» Si Madrid era «su» ciudad, y Santander el lugar de descanso fructífero, Toledo fue su refugio espiritual. Históricamente la considera la primera, con una raigambre ancestral donde tres culturas convivieron y dejaron sus huellas. «Toledo es una historia de España completa, la historia de la España visigoda, de los cuatro siglos de dominación sarracena en el centro de la Península, del viejo reino de Castilla y León, de la monarquía vasta fundada por los Reyes Católicos y, por último, de ese gran siglo XVI, que es el siglo español»


  


Autor: Luis Fernández-Clemente
RECAREDO I

Recaredo I (559 – Toledo, 21 de diciembre del año 601) fue rey de los visigodos desde el 586 hasta el 601, cuando murió en Toledo.
Hijo y sucesor de Leovigildo, combatió a los francos, a los bizantinos (aún presentes en el litoral andaluz) y a los vascones, y hubo de sofocar varias revueltas de los nobles visigodos.
El hecho más destacado de su reinado se produjo en 589, cuando convocó el III Concilio de Toledo en el que, junto con varios nobles y dignatarios eclesiásticos, abjuró del arrianismo y se convirtió al catolicismo, con lo que llevó a cabo la unificación religiosa entre visigodos e hispanorromanos, a la que aspiró su padre de forma inversa y quien, al parecer y paradójicamente, le aconsejó esta vía.                               

                          
Redactora:   Eva María Heras Izquierdo
LEYENDA  DE  LA  CAVA


La Cava, era el sobrenombre con el que se conocía a Florinda, hija del gobernador de Ceuta, el conde don Julian, que vivía en Toledo invitada por el rey don Rodrigo. Esta  bella mujer se bañaba todos los días, al caer la tarde, cuando el calor del verano toledano hace casi irrespirable el aire, en el al paraje que hoy se halla a los pies del Puente San Martín, donde las aguas se remansan y las orillas se cubren de verdor.

Desde  su palacio-alcázar, junto a San Juan de los Reyes, Don Rodrigo contemplaba a la joven, mientras ardía de deseo por la bella muchacha. Tras varias tentativas, Florinda,   accedió a los deseos de don Rodrigo.
La felicidad embargaba a los enamorados, ajenos a las consecuencias y sufrimientos que Dios les tenía reservado. Alguien comunicó al conde don Julián la deshonra de su hija a manos del monarca godo. El gobernador de Ceuta montó en cólera y decidió vengarse ¿Como ? permitiendo la invasión musulmana de la península.
Don Rodrigo fue derrotado en Guadalete y su ejercito destruido.

La leyenda cuenta , que don Rodrigo murió haciendo penitencia y la Cava, volvió a Toledo loca de dolor y vergüenza. Años más tarde, se corrió la voz por la ciudad que en el lugar se aparecía una mujer enajenada. Un atardecer, la mujer subió al torreón y desde allí se precipitó a las aguas oscuras y profundas. Desde entonces, cuando el sol desaparece por el horizonte, aparece en el torreón una figura femenina que llena de melancolía vuelve su mirada al palacio de don Rodrigo.   

Redactora: Carmen Pedraz Cogolludo.

domingo, 12 de abril de 2015

Tesoro de Guarrazar


El Tesoro de Guarrázar es un tesoro de orfebrería visigoda compuesto por coronas y cruces que varios reyes del reino visigodo de Toledo ofrecieron en su día como exvoto. Fue hallado entre los años 1858 y 1861 en el yacimiento arqueológico denominado huerta de Guarrazar, situado en la localidad de Guadamur, muy cerca de Toledo. Actualmente las piezas están repartidas entre el Musée Cluny, París, la Armería del Palacio Real, Madrid y el Museo Arqueológico Nacional, Madrid.


Entre todas las piezas halladas, las más valiosas son las coronas votivas de los reyes Recesvinto y Suintila (esta última fue robada en el año 1921 y jamás recuperada). Ambas de oro, engastadas con zafiros, perlas y otras piedras preciosas. Hay también otras coronas más pobres y más pequeñas y cruces votivas. También se hallaron cinturones, hoy desaparecidos.

La tradición de los talleres de orfebrería de la Península ibérica se remonta a la prehistoria, pero la de época visigoda está muy vinculada a la orfebrería bizantina. Se emplea la técnica de granates incrustados, que fue la preferida por los pueblos germánicos. Las letras de las coronas están ejecutadas con alvéolos de oro donde se han incrustado granates tallados en el hueco. Los adornos repujados de las aspas de las cruces son de tipo germánico, pero la forma de las coronas votivas es totalmente bizantina. Las coronas del tesoro son de tipo votivo, no aptas para ser lucidas como tocado.

Las presencia de joyas bizantinas en los tesoros visigodos era tan abundante, según los testimonios literarios, que en las iglesias de Mérida «había joyas para llenar varios carros» (Vidas de los padres emeritenses). Fuentes árabes testimonian que al entrar los musulmanes en Toledo, encontraron en la catedral una serie de coronas votivas que los reyes visigodos habían ido donando, y que muchas fueron fundidas en ese momento para aprovechar los metales nobles. Las joyas de la iglesia de Toledo y las del tesoro real fueron causa de envidias y graves disputas entre los conquistadores árabes. Una gran parte de estas coronas y cruces debieron ser escondidas por los clérigos visigodos, como ocurrió con las que estaban en el cercano monasterio de Santa María de Sorbaces.


Historia del descubrimiento

Parte del tesoro de Guarrazar fue hallado por casualidad. En el año 1858 hubo unas lluvias torrenciales que causaron el desmoronamiento del terreno donde estaba la iglesia del monasterio de Santa María de Sorbaces. Salió a la luz una caja de hormigón junto al sepulcro de un presbítero llamado Crispinus. Las personas que encontraron las primeras piezas del tesoro las llevaron a un platero de Toledo, que fundió la mitad de dichos objetos; la otra mitad fue comprada por un militar francés que la llevó a París y allí la vendió al Museo de Cluny. En vista del hallazgo, los descubridores siguieron excavando y encontraron un grupo de coronas y cruces, que esta vez vendieron a la reina Isabel II, quien hizo que se depositaran en la Armería Real.

Las coronas de los reyes Suintila y Recesvinto que llegaron hasta el museo de Cluny fueron restauradas en París, de manera que cambiaron bastante su apariencia. Así, la cruz que en la actualidad vemos pendiente del centro de la corona de Recesvinto era en realidad una fíbula (broche) y conserva aún el muelle y el cierre, además de que es de otro estilo distinto a la propia corona. El gobierno español pudo recuperar las dos coronas y las depositó en la Armería Real, pero en la noche del 4 de abril de 1921 desapareció la de Suintila y jamás se pudo seguir su rastro.

En el robo en la Real Armería desapareció la corona de Suintila y un trozo de corona de enrejado que pertenecían al conjunto que poseía el Patrimonio Real, gracias a la donación de Domingo. El robo se divulgó poco, sólo La Época hizo una publicación más extensa con grabados, para que sirviese de guía en la búsqueda de lo sustraído. Al parecer fueron localizados los autores del robo, pero no los objetos de éste, que hasta hoy no han aparecido.
El estudio gemológico de Juan S. Cozar y Cristina Sapalski1 reveló que el Tesoro de Guarrazar contiene 243 zafiros azules (cuyas características los hacen procedentes de la antigua Ceilán, hoy Sri Lanka), 3 corderitas azules (iolitas), 14 esmeraldas, 1 aguamarina, 2 adularias (piedras luna), 21 cuarzos amatista, 9 cuarzos hialinos, 6 calcedonias azuladas, 169 perlas, 154 piezas de nácar, 56 vidrios artificiales verdes, 26 vidrios artificiales azules, 2 pardo-anaranjados, 26 de color indefinido, 1 rojo y muchas piezas diminutas de granate piropo-almandino.


 Redactor: Pepe Sancho.

lunes, 6 de abril de 2015

Monasterio de Monte Sión

       


Toledo es una de las ciudades del mundo con más edificios religiosos, a pesar de que muchos de ellos han desaparecido. Entre sus cenobios se encuentra, ya a las afueras, el monasterio cisterciense de Monte Sión. Hacia la puesta del sol, por el valle del Tajo, a unos 5 kilómetros de la ciudad.
Está integrado por varios edificios y rodeado de jardines con paseos, decoración de cerámicas y dos fuentes.
Hoy el monasterio se halla junto a la carretera que lleva a La Puebla de Montalbán, y rodeado de parcelas urbanizadas. Pero hubo un tiempo en el que esto era una vega solitaria.
Martín de Vargas fue un jerezano que pasó gran parte de su vida en Roma y fue confesor del papa Martín V. Había pertenecido a la congregación de ermitaños de San Jerónimo. Regresó a España por razones desconocidas y vivió en el monasterio de Piedra. Allí concibió una reforma de la Orden cisterciense de Castilla, cuyas costumbres se habían relajado. Martín V le dio permiso para llevarla adelante.
Martín buscó un lugar en el que construir un convento donde poder emprender la reforma. En Toledo el reformador tenía un amigo, el canónigo y tesorero de la catedral de Toledo don Alonso Martínez, y que se ofreció a ayudarle económicamente si se realizaba la fundación en la ciudad.
Ambos recorrieron Toledo en busca de una ubicación. Saliendo por la puerta de San Martín, llegaron al valle, que confina con Peña ventosa, un cerro cubierto de árboles y viñas situado en la ribera del Tajo, a media legua de la ciudad. A ambos les gustó el lugar. El tesorero compró el heredamiento.
Mientras se construía el nuevo edificio, Martín y once compañeros se instalaron junto a una ermita preexistente, en celdas construidas con ramas de árboles.

El tesorero trajo maestros y él mismo puso la primera piedra el 21 de enero de 1427. 

Se le dio al lugar el nombre de Monte Sión porque, así como del Monte Sión salió la ley dada a los israelitas, así de esta casa salió la ley del Císter de España.
La construcción fue continuada gracias a las aportaciones de Alonso Álvarez de Toledo, contador mayor de Juan II y de Enrique IV. Rico judeoconverso, patrocinó importantes obras religiosas para lograr ser aceptado entre los nobles.
Con anterioridad, don Álvaro de Luna quiso engrandecer el cenobio y convertirlo en su lugar de enterramiento, pero los monjes prefirieron mantener su pobreza. Sin embargo, poco después aceptaban las donaciones y los enterramientos de los Álvarez de Toledo.
En 1463 Luis Núñez de Toledo, canónigo de la catedral de Toledo, hizo construir la capilla de la Visitación.
En 1494 se reedificó el claustro por el canónigo de la catedral Francisco Álvarez de Toledo.
En el siglo XVI se amplió el conjunto con la construcción del cuarto de la hospedería, por Alonso de Covarrubias, y del claustro toscano, por Nicolás de Vergara el Mozo.
En siglos posteriores se realizaron sucesivas modificaciones, sin gran valor artístico.

En 1468 obtuvo una bula del papa Paulo II para trasladar a ella las reliquias Raimundo de Fitero, fundador de la Orden de Calatrava, que, falleció el 15 de marzo de 1163. El traslado se efectuó en 1471.Los restos se conservaron en la capilla de don Luis hasta 1590, fecha en que fray Marcos de Villalba, general de la Orden, siendo abad de Fitero, trasladó las reliquias a un suntuoso sepulcro, que fue colocado en el altar mayor, del lado de la Epístola. Fray Marcos dio parte de las reliquias a Fitero. En 1721 las reliquias se distribuyeron entre el monasterio de Monte Sión, las monjas Calatravas de Madrid, las monjas de San Felices de Burgos y las monjas de San Clemente de Toledo. Hoy el relicario de Monte Sión se encuentra en la Capilla del Ochavo de la catedral.
La Congregación Cisterciense de Castilla fundada por Martín de Vargas tuvo que superar muchas dificultades e incluso llegó a desvincularse de la autoridad del Císter, pero consiguió mantener su fuerza y pureza hasta 1700. En el siglo XVIII entró en un periodo de decadencia.
Con la Desamortización de Mendizábal los cistercienses tuvieron que abandonar Monte Sión, que pasó a manos particulares. El monasterio sirvió como casa de labor y tuvo varios propietarios.
A comienzos del siglo XX, la duquesa de la Unión de Cuba, propietaria entonces, reparó el edificio y mejoró los jardines.
En 1925 el propietario era Luis de Urquijo, marqués de Amurrio. A instancias de Alfonso XIII, don Luis ensayó en el cenobio el último intento por recuperar la antaño potente industria sedera toledana. Se plantaron moreras en los alrededores del edificio y en las vegas cercanas, y se fundó el Real Instituto Sericícola de Castilla y  Extremadura. Pero el proyecto fracasó y fue abandonado. De él hoy sólo quedan numerosas moreras en la zona.
En la guerra civil el lugar fue hospital de sangre y prisión.
Tras la guerra, el ingeniero agrónomo Tirso Rodrigáñez Sánchez Guerra, que hasta entonces había sido administrador de la finca, la compró. Habilitó el convento como palacio y cultivó frutales en las tierras.
           
En 1966 falleció don Tirso sin herederos. Había testado a favor de los primitivos propietarios del monasterio, a quienes devolvía éste monasterio, junto con 620 de las 1000 hectáreas que ocupaba la finca.
El 13 de noviembre de 1970, la comunidad cisterciense de Santa María de Huerta, de Soria, tomó posesión del monasterio y su entorno. La comunidad tenía que acometer el acondicionamiento del de Monte Sión, que se quería convertir en centro de formación de la Orden en España.

Entre otras reformas, El fundador Martín de Vargas modificó la organización de los monasterios, sustituyendo a los abades por priores. Así hoy, los monjes blancos que oran, cultivan la tierra y caminan sin prisa con pasos silenciosos, rodeados de urbanizaciones están  bajo la dirección de un prior. Un monje que resulta ser el superior de esta pequeña comunidad de cinco miembros.
Redactora: Ángela Albarrán.